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sábado, 24 de abril de 2010

La sonrisa de un camarero



Serví la peor pizza del mundo hace ya un tiempo largo. Esa fue la pizza de la epifanía. La que cambió mi manera de ver este oficio de camarero.

Si un plato sale mal, el camarero tiene la obligación de hacerlo saber al cocinero para que éste lo realice nuevamente. En el caso de la pizza, actué con debilidad y no devolví el plato. El cocinero era un mala leche, atorrante y ladrón de salamines en termos de agua caliente. Sabía pues, que si le reclamaba algo el conflicto se presentaría. La violencia se presentaría. Decidí no ser beligerante. Lamentablemente tiempo después pasó lo inevitable; pero esa es otra historia.

En mi recorrido hacia la mesa nunca aparto mi vista de la pizza. Era verdaderamente horrible. Los comensales, una bonita pareja de gerontes, no merecían ese desastre. Acercándome a la mesa comienzo a ensayar mi sonrisa. Una gran sonrisa. Y fue así que les trinché una porción a cada uno y deposité la tabla en la mesa. ¡Que la disfruten! Mi sonrisa no se borraba. Me ubico al lado de la mesa, en posición de firme, y mirándolos de reojo. Los desgraciados se comían la pizza con felicidad. Fue allí, en ese mismo instante, que descubro que el mozo no es un "lleva platos" como recitan todo el tiempo los resentidos chefs. El mozo es algo más que eso. Las miradas amables de mis clientes me lo decían a gritos: tu sonrisa salvó que hiciéramos un escándalo por la pizza del demonio que nos has traído.
SIN LA SONRISA DEL MOZO NO HAY GASTRONOMIA.
Un mozo te puede amargar la noche si quiere y después de eso no hay marcha atrás.



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